La ciudad que nunca duerme: Tokio (4)
Sep08

La ciudad que nunca duerme: Tokio (4)

Los aspectos presentados en los artículos anteriores ayudan a explicar fenómenos culturales como el pachinko (máquinas tragaperras que funcionan con bolas) y el manga, que en Japón actúan como verdaderas “válvulas de seguridad” psicológicas. En el pachinko, la intencionada sobrecarga sensorial es hipnotizadora. El manga es la ruta de escape para los deseos reprimidos de millones y millones de japoneses, que no son sino uno más de los aranceles que debe pagar esta sociedad, a veces tan dócil.   La población de Tokio está formada por los Edoko, los nuevos “tokiotas”, transeúntes (como los vagabundos), vendedores ambulantes, viajeros y turistas, junto con pequeñas “bolsas” de inmigrantes. Todos ellos pueden vivir indistintamente tanto en apartamentos privados como en alojamientos de subvención pública, así como en casas de madera (herencia de la Época Edo). No falta quien se aloja en pensiones, miserables o lujosas, y en casas de época hechas de madera y papel. La mayoría vive de alquiler porque, con los desorbitados precios del suelo, son pocos los que se embarcan en la aventura de la hipoteca. Los jóvenes tokiotas se sienten atraídos por la variedad ilimitada de estilos de vida que ofrece la capital asiática, así como por la abundancia de trabajos a tiempo parcial (los llamados arubaito, un préstamo lingüístico de la palabra alemana arbeit o trabajo). La ciudad cuenta con alrededor de 350.000 extranjeros. Cabe destacar que, en la actualidad, Japón cuenta con una tasa de inmigración que no supera el 2% de su población total, muchos de los cuales son residentes de tercera o cuarta generación (chinos, coreanos, brasileños de ascendencia japonesa y filipinos); otros son ejecutivos de empresas multinacionales destinados en la capital; no pocos son estudiantes y, más de uno, es el cónyuge de algún nativo. Una amalgama que conforma uno de los núcleos urbanos más poblados del...

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La ciudad que nunca duerme: Tokio (3)
Sep07

La ciudad que nunca duerme: Tokio (3)

Los tokiotas tienen un motivo de queja principal: en la ciudad hay demasiada gente. Durante las horas punta, así como en las principales atracciones turísticas en los días festivos, puede decirse que la seguridad ciudadana ha dado pie a un ambiente en el que, cuando los empujones arrecian, muchos viajeros no dudan en responder de igual modo. Y las mujeres de mediana edad, o incluso las ancianas, son las más agresivas, hartas, quizás, de tanta represión. En Occidente, este tipo de comportamiento pudiera desencadenar reacciones violentas, pero, curiosamente, es quizás la ausencia de inseguridad ciudadana lo que en Tokio permite el despliegue de tan malos modales. La masificación también hace que muchos tokiotas, en ocasiones, parezcan egocéntricos. La multitud arrolladora no duda en pisar a un vagabundo sin detenerse a pensar si está vivo o muerto. De hecho, no falta quien afirma que, exceptuando a la familia y a las amistades cercanas, la mayoría de los tokiotas no muestra la más mínima preocupación por el resto de la humanidad. Y aún así, el índice de criminalidad es mínimo. Tokio es aún uno de los pocos lugares del mundo en los que un trabajador borracho podría desplomarse en la calle y despertarse más tarde sin que nadie le haya robado: por lo general, salvo las bicicletas, los miembros de una misma tribu no se roban entre sí. Los templos y los santuarios permanecen abiertos día y noche sin sufrir el más mínimo incidente, y los únicos lugares donde pueden verse grafittis son aquellos en los que merodean los jóvenes occidentales.    Sin embargo, los homicidios y los atracos van en aumento, y las violaciones son cada vez más frecuentes, sobre todo en verano, época en que las puertas y ventanas se dejan abiertas. No obstante, las estadísticas son poco fiables, ya que no suelen denunciarse los abusos cometidos contra las mujeres. Los recién llegados acusan el ruido, sobre todo en las zonas comerciales y en las estaciones: los sonidos, luchan por captar la atención del ciudadano, y la única manera de mantener la cordura es imitar a los nativos: desconectando del...

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La ciudad que nunca duerme: Tokio (2)
Sep06

La ciudad que nunca duerme: Tokio (2)

Lo que hoy día impresiona de verdad en la ciudad de Tokio es la llamada cultura de lo práctico: la capital sigue siendo ese mosaico de comunidades independientes, una auténtica amalgama. Todas ellas son autónomas, casi insulares. La gente apenas tiene necesidad de perderse por la ciudad: en vez de tener que cruzarla para realizar una compra, el comercio se encuentra, por lo general, justo ahí, al doblar la esquina, desde el carnicero, al pescadero hasta el panadero y el vendedor de tatamis. Se trata de un sistema de desarrollo aleatorio pero muy eficaz, que (dejando de lado el hecho de que sea imposible encontrar las casas por sus direcciones –Tokio está dividida en enormes barrios y estos en circunscripciones-) permite que la ciudad siga funcionando a todos los niveles, aunque no deje de maravillar cómo un organismo tan complejo funciona con absoluta precisión un día tras otro.    Horas antes del alba, centenares de atunes se alinean en la Lonja de Tsukiji esperando a ser subastadas; hacia las 7.00 h, miles y miles de niños se dirigen a sus respectivas escuelas, a menudo acompañados de sus obento (cajitas del almuerzo recién hechas por sus mamás). Poco después, doce millones de trabajadores invaden la ciudad en trayectos de una duración media de una hora de ida y otra de vuelta. Al llegar la noche, la capital asiática se queda vacía, como si de una ciudad fantasma se tratase y sólo quedan en pie aquellos que, después de salir a beber con sus compañeros de empresa, no han llegado a tiempo a coger el último tren y vagan en busca de un lugar donde pasar la...

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La ciudad que nunca duerme: Tokio (1)
Sep05

La ciudad que nunca duerme: Tokio (1)

Con el de hoy empiezo un seguido de artículos que tienen como denominador común Tokio y sus gentes. Durante estos últimos años, las visitas a la capital del país asiático nunca me han dejado indiferente. Sin duda, profeso gran respeto por una ciudad que, con más de doce millones de habitantes funciona con la precisión del mejor reloj suizo. De todos modos, y como cualquier capitalmoderna que se precie, Tokio cuenta con sus propios problemas y el primero de ellos radica en una cuestión de terminología: la pregunta de cómo se denominan a sí mismo los habitantes de esta ciudad puede recibir una respuesta insólita. El gentilicio más parecido a “parisense”, “londinense” o “barcelonés” es Edoko (literalmente niño de Edo). Pero actualmente, las viejas leyes ya no están vigentes y los únicos lazos que siguen manteniéndose vivos son los sentimentales. La restauración Meiji se inició en 1868 con el cambio de nombre de la capital. Edo (boca de ensenada) pasó a llamarse Tokio (Capital del Este o Capital Oriental), juntamente con el hecho singular del traslado de la antigua capital imperial desde Kioto (Capital del Oeste o Capital Occidental) a la región de Kanto. Durante largos años, todo aquel que descendía de tres generaciones de habitantes de la ciudad podía considerarse Edoko. Muchas familias remontan sus orígenes a más de una docena de generaciones vinculadas a la ciudad. Pero ¿Qué ocurre con los inmigrantes que han vivido en Tokio sólo durante 50 años? ¿Cómo se denominan a sí mismos? ¿Tokio-jin (persona de Tokio) quizás? En absoluto. En castellano decimos “tokiota”, pero en realidad, en japonés no existe una traducción exacta del gentilicio. Además está la cuestión de cómo consideran los tokiotas a su propia morada. Los Edoko solían recrearse en la imagen de su propia ciudad como una ruda población militar en la que los constantes incendios a lo largo de su historia se convertían en un lujo estético. De ahí procede el dicho kaji to kenka wa Edo no hana (El fuego y la lucha son consideradas las flores de...

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Los extranjeros durante el bakumatsu Tokugawa (6)
Jun11

Los extranjeros durante el bakumatsu Tokugawa (6)

Los alemanes Aunque había alemanes haciendo faenas para los han, no se puede considerar que estos llevaran a cabo trabajos para el bakufu Tokugawa durante los años del bakumatsu. Algunos de ellos, así como científicos austríacos o suecos, fueron contratados por los holandeses en Nagasaki sin estar vinculados con el gobierno. Se hicieron pocos avances para implementar el alemán como lengua usada en las relaciones comerciales y diplomáticas, mientras el inglés, el francés o el holandés asumieron un papel preponderante como idioma vehícular entre potencias occidentales y los japoneses.   Con todo, los alemanes poco a poco fueron heredando la importancia de otras potencias europeas al iniciarse el Periodo Meiji. Los japoneses se fijaron en el sistema legal que se empezaba a usar en la formación del nuevo estado alemán. De este modo termino este conjunto de artículos dedicados a los extranjeros y su situación durante los años del bakumatsu...

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